Un escalofrío inofensivo.

 

Hanna era una chica normal, salía, estudiaba, compraba y gastaba, todo era normal en su vida claro. Hanna estaba un día sentada en su sofá viendo la televisión sola, pues los padres habían salido a dios sabe donde. Pronto se aburrió de la televisión y cogió el portátil, estaba hablando con su novio Jim, cuando le dijo:
 - ¡Oye Hanna! A que no te atreves a entrar en esta pagina.
 - ¿Qué es? ¿Es una de esas en las que no te dejan salir hasta que has visto algo que hay en ella?
 - No, es una página de miedo que dicen que esta maldita, si te metes a medianoche estando sola dicen que sientes un escalofrío en tu espalda, luego te llaman y una voz te dice que día morirás.
 - Eso son tonterías Jim.
 - Ya, ya, eso es que no te atreves a meterte, ¡Miedosa!
 - ¡No soy nada miedosa!
 - Si lo eres. Bueno, cambiemos de tema
 - No, no, cambiamos de tema ahora. Son las 10 de la noche, cuando sea medianoche me haré fotos metiéndome en esa página, y verás.
Hanna estaba realmente enfadada, odiaba que le llamaran miedosa y más su novio, ya tenia bastante con que en el colegio la llamaran tonta miedosa. Llegó la hora, fuera llovía, era como si el cielo llorase por algo, caían rayos que alumbraba dentro de la oscura habitación de Hanna. Ya había apagado las luces de su cuarto, sólo dos velas daban luz a su cálida cara, encendió el ordenador y se dispuso a entrar a esa página, puso la dirección y fue a ella, tardo bastante pero entró. Pronto vio la página, en lo alto de ella, “cuandomoriras.com”, más abajo fotografías espeluznantes, a la derecha un contador que extrañamente no aumentaba sino que disminuía, empezó con 100 cuando llegó Hanna, y según se fijo, bajó a 20.

Hanna estaba consternada por eso, pero se calmo y siguió. Bajó la pagina y abajo había un botón rojo sangre con unas letras blancas como la nieve de invierno: “apriétame y averigua cuando morirás”. Hanna trago saliva, calmó su corazón y le cliqueó, pasaron unas horas y nada, le cliqueó una vez más, dos, tres... nada, cuando ya iba a cerrar la pagina el cursor se desvaneció como la niebla, y salió otra ventana que rezaba: “No me cierres ¿Acaso no quieres saber cuando morirás?”

Hanna tragó de nuevo saliva y se dio cuenta que de repente hacía un frio invernal, más de lo habitual. Puesto que vivían en el monte, se puso una chaqueta y volvió  a mirar la página, ahora el cuadrado había cambiado, y ponía: “Bien, responde a las siguientes preguntas si quieres saber el día de tu muerte, pequeña”. Hanna se puso pálida como una puerta al ver las preguntas. Eran preguntas horribles, tales como: “¿Has comido carne humana alguna vez?”, “¿Has matado por placer?” Hanna respondía cualquier cosa a esas malditas preguntas, llegó a la última que ponía: “Ésta es la mas importante pequeña, respóndela con sabiduría, ¿Tienes miedo a la muerte?” Hanna palideció aun más, tres casillas que goteaban sangre estaban debajo de la pregunta: “si”, “no”, y la mas extraña: “no, pero me gustaría verla”. Hanna pensó que sería una broma y contesto “no, pero me gustaría verla”. La pantalla cambio a una barra marrón y dentro de la barra sólo ponía: “calculando si tu muerte será dolorosa o terrible”.

Hanna sólo miró alrededor suyo, desde que entró a esa pagina, más de una vez le pareció que la llamaban o que alguien pasaba por detrás de ella. Sólo vio a su gato, su sombra en la puerta, lo miró y el gato a ella. De repente el gato se erizó, y no le quitaba ojos a Hanna, Hanna se acerco y le dijo tranquilamente:

-          ¿Qué, qué pasa Shadow? soy yo, Hanna.

El gato se abalanzó sobre ella y le araño la cara, Hanna se lo quitó de encima y el gato siguió erizado y con los ojos puestos en Hanna. No entendía nada, no podía ser cosa de la página.

-          Sólo son coincidencias – se dijo a si misma.

Miró a Shadow y ya no estaba, miró a su ordenador y la barra estaba llena con una cara deformada. Estaba abajo a la izquierda de la barra, llena de sangre, y rezaba: “tu muerte será brutal, algo que no diré te hará estragos en la cara y tus padres te encontrarán vacía por dentro, literalmente”. Hanna palideció, y sintió nauseas a la vez, corrió al cuarto de baño a vomitar y expulsó algo voluminoso, cuando abrió los ojos para ver que era, se puso mas blanca aun al ver, algo negro, latiente y encharcado de sangre. Abrió mucho los ojos y algo se le pasó por la cabeza:

-          ¿Mi… mi riñón? No, no puede ser – se dijo.

Fue corriendo a su cuarto y abrió uno de los muchos libros de medicina que tenía y cuando llego a la página que quería, sintió un escalofrío como si una fila de hielos se paseara por su espada. Algo negro estaba en el baño y según el libro el riñón era negro. Hanna estaba trastornada, no sabía que estaba pasando, miró a la pantalla de su ordenador con los ojos encharcados en lágrimas, cogió su lámpara y la estampó con furia en la pantalla, ésta se rompió y los trozos de cristales pasaron por la cara de Hanna. Uno de ellos le cortó la mejilla, que rápidamente empezó a sangrar. Hanna se miró en el espejo del baño y se puso un papel en la herida. Miró hacia el lavabo y esa cosa negra latente no estaba. Hanna tragó saliva de nuevo y respiró lentamente repetidas veces. Con el papel en la herida bajó al salón, al ver dos figuras familiares en los sillones se le iluminó la cara, y gritó:

-          ¡Papá! ¡Mamá!

Se echó a las rodillas de su padre, llorando le contó lo que le había pasado, y siguió llorando al rato de no oír ni siquiera un leve: tranquilízate. Se extrañó y alzó la vista. Lo que vio fue un golpe muy grade. Sus ojos se le salieron de sus órbitas al ver la cara de su padre sin rostro, sólo con colgajos de sangre, y donde tendría que estar su rostro solo tenía parte de los ojos. Miró temblando a su madre y ella estaba igual, tembló y se alejó lentamente de los cuerpos de sus padres. Corrió hacia la puerta y al abrirla, chocó con algo duro y seco, cayó al suelo y miro hacia la puerta. La puerta estaba tabicada con ladrillos, luego miró la ventana, que estaba igual. Tembló y con la mirada perdida subió a su cuarto, el monitor roto en la mesa aun parecía encendido, se acerco y se dio cuanta que si lo estaba. Una ventaba del messenger parpadeaba en rojo y negro. Cogió el ratón y movió la flecha hacia ella, cliqueó y no salió nada mas que una frase, que rezaba: “Bueno, de momento, ¿Qué te va pareciendo tus minutos antes de la muerte, pequeña?” Abrió los ojos muchísimo y tragó saliva, miró la web, y había una nueva foto en ese mural, la miró, una chica vestida de rosa con la cara arañada brutamente y que donde tenia la cara ahora solo había rastros de arañazos y sangre. Observó su pelo, era rubia con algunas mechas negras, se quedó helada al ver ese pelo.

-          Es… es el mío... – dijo temblando de nuevo y.

Corrió hacia el salón, y los restos del monitor se le clavaron en el pie, pero ella ni lo sintió. Cogió el teléfono y marco el 911, una voz dijo:

-          Lo siento no puede llamar al 911, ¡ah, por cierto! En un rato morirás.

Hanna con el teléfono aun en la mano gritó hasta que se quedo media ronca.

-          Si señor policía la encontramos así, no se que puede a verle pasado.

-          Tranquila cariño - dijo el padre con tono roto.

El policía sólo miraba con indiferencia y apuntaba dentro de la casa. En las paredes había sangre, llegó a donde le interesaba y entró al cuarto, un olor a putrefacto le llegó a la nariz, se tapó y vio el cuerpo, una niña de 16 años, con la cara arañada de tal forma que ya casi no tenia rostro, apoyada en la rosa pared ya roja por la filtración de sangre. Detrás de la chica, en la pared rojo como la sangre, ponía:

“La curiosidad no sólo mato al gato”

Por José Antonio